D.B. Cooper es una canción que llega con una clase de sonrisa sospechosa. Gooseberry toma el célebre misterio del hombre que desapareció después de un atraco aéreo y lo convierte en una pieza de indie rock inquieto, divertido y absurdamente pegadizo. Debajo de éste disfraz y personaje de Cooper, aparece una idea mucho más interesante de cómo construimos nuestras propias leyendas y terminamos creyéndonos el cuento que inventamos.

Musicalmente, la canción juega a descolocar sin perder nunca el sentido del groove. La melodía principal se extiende durante tres compases en lugar de solo dejarse caer cómodamente en los dos que esperaríamos, haciendo que todo se escuche aún más calculado. Es un twist pequeño pero que cambia por completo la percepción del tema, y es como si la música también nos estuviera contando mentiras.

Y luego está el sentido del humor, que es probablemente uno de los mayores atractivos de la canción. Gooseberry nos lanza referencias, juegos de palabras e imágenes imposibles con la seguridad de una banda que sabe que no tiene por qué explicarlo todo. Es un tema con una inteligencia juguetona detrás de todo el caos, y la canción va planteando poco a poco una pregunta bastante seria sobre la memoria, la identidad y esa costumbre tan humana de editar nuestro propio pasado hasta que ya lo creamos verdad.

D.B. Cooper no separa la diversión de la ida que la sostiene; es una canción bailable, rara y descarada, pero también nos ayuda a reconocer que todos somos capaces de adornar nuestra historia, omitir ciertas partes y repetir otras hasta hacerlas la versión oficial.

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